La maestra sonorense

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Es inevitable: hoy por hoy, un tronco seco a la vera de un río o en medio de un bosque me remite a un cocodrilo dormido que está a punto de echar a andar. La culpa es de Armida de la Vara, cuyos relatos y adaptaciones para niños poblaron los libros de texto gratuitos que me acompañaron —como a millones de estudiantes de primaria de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado— en mi formación dentro de la enseñanza pública.

Aquel cuento hablaba de un tronco que había sucumbido al poder de un huracán y reposaba muy quietecito, pues le provocaba mucho miedo que los hombres con hacha llegaran a hacerlo pedacitos. De pronto escuchó pisadas en la hojarasca y corrió a refugiarse a un pantano cercano. Era tal su pavor —y el calor de aquel día— que decidió quedarse en el agua fangosa y fresca hasta que resolvió que ahí permanecería. Pasado el tiempo, el tronco comenzó a ponerse verdoso, le salieron cuatro pequeños troncos —dos a cada lado del cuerpo— y entonces, ya metamorfoseado en animal, decidió llamarse cocodrilo…

Desde luego, de aquella prolífica pluma se incluían, en todos los grados de la instrucción primaria, muchos más ejercicios literarios de la escritora mexicana nacida el primero de enero de 1926. Ahí están, por ejemplo, aquella Estampa de otoño, en la que recrea los últimos días de septiembre de su infancia sonorense para describir dos cosas al mismo tiempo: el cambio de estación y la etapa final de las vacaciones de unos niños que “han resultado magníficos recolectores de chiltepín”, ese pequeño pimiento rojo cuya producción daba sustento a su comunidad.

Otro relato es Los seris, en el que describe con dulzura y nostalgia una población “que se está acabando y que a pesar de ser tan poquitos (“un poco más de doscientos”) se las han arreglado por sobrevivir. Lo que está detrás de la narración, con zurcido invisible, es la tristeza por la desaparición de una comunidad sumida en la miseria.

O El cuento de nunca acabar, aquella fantástica aventura que Armida de la Vara adaptó de la literatura popular y que versa sobre el joven que venció a un rey desalmado y testarudo que, ávido por los relatos, ofreció la mano de su hermosa hija a cambio de escuchar un cuento de nunca acabar. Al final, el audaz muchacho venció por cansancio a su alteza —quien ya había decapitado “con una hachita muy filosa” a cientos de atrevidos que no lograron convencerlo— y éste, moribundo de tedio, le dio su reino con todo y princesa.

Un rescate memorable también es el que Armida de la Vara hace de un testimonio original de Herminio Almendros, en el que se cuenta el día en que un campesino michoacano llamado Domingo Pulido (en realidad, hay que decirlo, su nombre de pila era Dionisio) fue el testigo privilegiado del peculiar —y aterrorizante— alumbramiento de un volcán: el Paricutín.

Desde luego, los cuentos incluidos en aquellos libros de texto no representaron su única producción literaria. Armida de la Vara también publicó poesía (Canto rodado, de 1947), ensayo (Historia de México, moderna y contemporánea. De la República restaurada a la Revolución 1867-1921, de 1980), libros de cuentos (El tornaviaje, Itinerario, El coco coco cocotero) y una novela titulada La creciente, en la que recrea su natal Opodepe, cuya pequeña comunidad padece los estragos de la sequía y el eterno desarraigo de quienes son víctimas de la pobreza y deben emprender un éxodo, siempre incierto, hacia mejores condiciones de vida.

Hoy domingo, que se cumplen dos décadas exactas de la muerte de Armida de la Vara —quien fuera esposa del célebre historiador mexicano Luis González y González—, es un buen día para recordar su legado, pleno de relatos que para muchos significaron la entrada al mundo de la lectura.

ESTRIBO Y CUENTA

La cosa era simple. Se trataba de hablar con algunos medios de comunicación mexicanos y pactar con ellos la realización de cinco o seis entrevistas telefónicas con Álvaro Velarca para anunciar la apertura de la nueva librería del Fondo de Cultura Económica en Medellín el pasado 6 de septiembre (hay que recordar que, desde 2006, la editorial ya tiene una espléndida librería en Bogotá). Pero no, el sello paraestatal mexicano —que opera con presupuesto público— decidió que la mejor manera de que los lectores se enteraran de esta apertura —que contó con una conferencia magistral del historiador Javier Garciadiego— fuera a través de un boletín y además enviado al día siguiente. El resultado fue obvio: apenas unas menciones en páginas interiores de algunas secciones culturales. Pocas realmente. Tal vez el propósito era que nadie se diera por enterado. Quién sabe.

 

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